Palma real: La marea y lo que el Estado no ve.

Palma real: La marea y lo que el Estado no ve.

Llegué a Palma Real acompañando a un equipo que venía a filmar un documental. Yo también traía una cámara, pero sobre todo traía el reflejo de la ciudad: esa costumbre de sospechar del silencio y de desconfiar de lo que no entendemos.

Lo primero que me golpeó fue la infancia. Había niños por todas partes: en el muelle, en las calles de arena, en la orilla del mar. Más niños que adultos. Algunos caminaban solos; otros sostenían de la mano a un hermanito de dos años como si fuera lo más normal del mundo. Y ahí, sin que nadie me lo pidiera, se me encendieron las preguntas: ¿dónde están los grandes?, ¿quién los cuida?, ¿y si se pierden?, ¿y si les pasa algo? Supongo que uno llega desde la ciudad con un miedo aprendido: el miedo al carro que no frena, al desconocido, al peligro escondido en cualquier esquina. Pero en una isla, donde el camino se acaba en agua, el peligro parece tener otras formas.

No tardé en entenderlo. En Palma Real, la marea baja no es solo un cambio del paisaje: es una señal de trabajo. Cuando el mar se retira, los adultos salen en canoas y pequeñas lanchas hacia los manglares a buscar conchas. Es su sustento, su ritmo, su reloj. La isla se queda entonces con mujeres, con abuelos, con niños que se reparten la vida como pueden: jugando, cuidando, esperando.

Pero la marea baja también revela lo que el agua suele esconder. Debajo de las casas, en los bordes, en los pasos que la gente cruza todos los días, apareció la otra cara: basura acumulada, suciedad, restos que no deberían estar donde crece la infancia. Caminé y vi niños jugando cerca de eso, como si la costumbre también fuera una forma de defensa. Y luego vino el golpe más duro: la ausencia. No había alcantarillado, no había pozos sépticos; en esos mismos suelos quedaban desechos humanos. Pensé en enfermedades antes de verlas. Después las vi: piel irritada, cuerpos pequeños cargando incomodidades grandes.

Pasé varios días recorriendo la isla: canchas, casas más firmes, caminos de tierra, conversaciones a media voz, risas nocturnas, formas de divertirse con lo que hay. Vi postales hermosas: atardeceres que no piden permiso, agua brillando, una calidez humana que te desarma. Y vi escenas que no se olvidan: niños nadando en agua sucia, jugando donde no debería jugar nadie.

Palma Real me dejó imágenes grabadas como una contradicción: un país capaz de ser bellísimo y, al mismo tiempo, capaz de abandonar. Un lugar lleno de alegría y gente cálida, pero con agua no potable, luz intermitente —a veces días sin luz—, un centro de salud sin recursos, escuelas con dificultades, niños creciendo entre necesidades que no eligieron.

Me fui pensando en lo fácil que es quejarse cuando uno tiene casi todo. Y en lo injusto que es que, en rincones como este, la gente tenga que aprender a poner buena cara no porque la vida sea amable, sino porque no queda otra. Palma Real no es solo una isla: es un espejo. Y también una pregunta que se queda contigo mucho después de que sube la marea.

— Fotoreportaje: Fabián Bolívar

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