Espiritualidad y devoción en el Pase del Niño de La Magdalena

Espiritualidad y devoción en el Pase del Niño de La Magdalena

A las seis de la mañana, cuando el sur de Quito aún guarda silencio, en La Magdalena ya se siente una presencia distinta. No es solo movimiento: es recogimiento. Las casas se abren temprano, los trajes reposan sobre las camas, los rostros se preparan con cuidado. Antes de la música y la danza, hay una intención íntima: ofrecer el cuerpo y el tiempo al Niño Jesús.

Desde hace más de 120 años, cada 24, 25 y 26 de diciembre, el Pase del Niño de La Magdalena convoca a la comunidad a vivir la fe como experiencia compartida. No se trata únicamente de una festividad, sino de un acto de espiritualidad que se renueva año tras año. La devoción no se impone; se aprende mirando, acompañando, caminando juntos.

La procesión del 24 de diciembre inicia en el sector de Los Dos Puentes. Desde allí, el andar es lento y constante. Yumbos, Archidonas, Negros y Pastores avanzan con sus vestimentas cargadas de símbolos, no para exhibirse, sino para expresar su manera de creer. Cada paso es una promesa cumplida, cada danza una forma de agradecimiento. La espiritualidad aquí no es silenciosa: se manifiesta en el movimiento, en el color, en el sonido.

Las bandas de pueblo acompañan el trayecto con melodías que sostienen el ánimo colectivo. Entre rezos y cánticos, la fe se vuelve audible. No hay una sola forma de entenderla: conviven la religiosidad católica del nacimiento de Jesús y los saberes ancestrales que habitan el cuerpo y la memoria de los pueblos. Lejos de contradecirse, estas dimensiones se complementan y dialogan en un mismo espacio ritual.

En la plaza central de la parroquia, la celebración se profundiza. Las danzas, loas y presentaciones no rompen el carácter sagrado del momento; lo expanden. La misa del Niño reúne a la comunidad en un gesto común de gratitud por la vida, por el año transcurrido, por la posibilidad de volver a encontrarse. Los priostes, encargados de la organización, encarnan una devoción que se sostiene en el tiempo y que se prepara durante todo el año.

Lo más significativo ocurre entre generaciones. Niños que caminan con trajes coloridos aprenden que la fe también se vive en colectivo. Jóvenes que bailan entienden que la devoción no está reñida con la alegría. Adultos mayores observan sabiendo que lo que permanece no es el desfile, sino el sentido. En cada familia, el Pase del Niño es una herencia espiritual.

Incluso cuando las circunstancias han obligado a modificar la celebración, la devoción no se ha detenido. A través de iniciativas comunitarias como las impulsadas por el Colectivo La Magdalena, la espiritualidad encontró otros caminos para mantenerse viva, demostrando que la fe no depende únicamente del espacio físico, sino del compromiso de quienes la sostienen.

El Pase del Niño de La Magdalena es, ante todo, un acto de entrega. Una forma de agradecer y de reafirmar la identidad desde la espiritualidad y la devoción. Aquí, creer no es un gesto privado: es un camino que se recorre juntos, año tras año.

— Fotoreportaje: Fabián Bolívar

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